Un final

Marta y Pablo acabaron convenciéndome para ir al concierto de Las Perras del Infierno. Una de las componentes del grupo es Onneca, a quien escribí, hace ya seis años, aquel comienzo sin final:
"Podría haber empezado así, como un cuento, esta historia:
Erase una muchacha que dejaba caer su voz y su perfume, capaz de
envolver el aire eternamente. Le sudaba la punta de la nariz,
respingona, que se frotaba a menudo con el dedo índice. Erase la reina
de las muecas y gestos, un duende con abrigo hasta los tobillos. Tez
clara, labios finos y marcadas comisuras. Erase la niña de ojos
achinados que regalaba canciones. Erase mi ángel de la guarda, tan
frágil como la rosa de Saint exúpery".
Ella también empezó a escribirme una canción que, por supuesto, tampoco supo o pudo terminar.
Ayer no la reconocí al primer golpe de vista, cuando me la presentó Amaya, su hermana. Llevaba el pelo más largo e iba disfrazada de cantante. No se me ocurrió nada que decirle y, simplemente, sonreí.
Me pasé todo el concierto –estuve en primera fila- mirándola, dibujando sus rasgos en la memoria, intentando hacerlos coincidir con los que recordaba.
Su voz, otra vez.
Después del concierto subí a saludarla, a despedirme. Pero no recuerdo qué le dije, ni qué me dijo. Le sudaba la punta de la nariz. Eso sí.
Cuánto la quise.
2 Comments:
¿Por qué reconoces a una mujer sólo por el sudor en la nariz?
¿Estuviste en el concierto y no me dijiste nada? Qué fuerte. Qué bueno es vivir sólo en presente.
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