El Canodromo

Me han llamado drogadicto, han apostado que era homosexual. Pero nunca he oido decir que sea un genio.

Wednesday, March 04, 2009

Pachá



Me explicaba lo mameluco que es su hermano. No dijo exactamente mameluco, sino huevón. Un huevón, el tío. Con énfasis de quien quiere mucho y aterrizando luego con suavidad, Pero es tan majo y tiene tanto talento.
Expuso los síntomas de lo que viene a ser una adolescencia convulsa: rebeldía, mollera dura, argumentos ridículos y dramatización exacerbada. Que no quiere estudiar. Que para qué sirve. Así que no pega ni clavo y hace lo que le viene en gana. Que cuando llegan los exámenes se va de pendón por ahí con los amigos. Sin pudor. Un tipo listo, que sale airoso, raspado, pero airoso de las vicisitudes académicas. Al final de curso apaña con parches y algún aullido los entuertos.

Siempre he admirado a esa clase de estudiantes que dando rienda suelta a las apetencias, suspenden felices, como Dios manda, y aprueban luego con breves apretones de ultima hora, sin apenas despeinarse. Viven la vida como pachás sujetos a teorías rocambolescas capaces de justificar los mayores desatinos y, en el momento crucial, salvan el pellejo.


También tenía yo de adolescente mis teorías cojoneras. Que no quería estudiar, mascullaba con boca de buzón. Qué para qué, gritaba, incluso, de vez en cuando y con grandes aspavientos. Pero nunca nadie tomó demasiado en serio mis amenazas, que si la de los suspensos a tutiplén y el consiguiente y posible fracaso escolar.

Cada tarde cumplía muy responsable con las formas: me sentaba tres horas mirando el libro de lo que fuese, con los cuadernos de apuntes correspondientes. Abortaba así posibles remordimientos y soñaba despierto sin pegar ni golpe, quedando en un estado de catatonia próximo al zen, o mirando qué hacían las vecinas del edificio de en frente -sacarme la lengua, la mayor parte de las veces- y, en el mejor de los casos, garabateando en los márgenes de los libros de texto. Sin embargo, al día siguiente sonaba el despertador y llegaba la angustia acostumbrada, pero angustia al fin y al cabo, de quien en cualquier momento sabe que será pillado en pelota picada y, por tanto, cercenado.

Nunca me fui de pendón con los amigos y casi nunca salí airoso en junio. A pesar de mi rebeldía contrahecha, suspendía y me sentía fatal, como un saco de patatas a medio podrir. Pasé muchos veranos entre libros pero no repetí nunca. Si al menos hubiera sido coherente con la desidia y disfrutado las tardes haciendo el mangarrán con dignidad, en vez de hacer monigotes y sumergirme en mi mundo... podría haber vivido y quizá viviría ahora como un pachá. Pero mis padres confiaban en mi.

2 Comments:

Anonymous A said...

Los pachás se aburren (y aburren) con facilidad. Usted no sé si se aburra o no, pero eso sí, a nosotros no nos aburre nunca.

12:15 PM  
Anonymous Anonymous said...

Es que los tales pachás no son tales pachás ni se lo pasan como tales ni están tranquilos, jotica.
Los únicos que viven como pachás son los que cumplen su deber y se divierten cuando hay que divertirse.
bb

12:59 AM  

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