EN O’HARE

Volvíamos de comprar el último par de hamburguesas en el McDonalds. Nos arrastrábamos, más bien, abrazados a las grasientas bolsas de papel, cansados y hambrientos, por los inmensos pasillos del aeropuerto O’Hare de Chicago. Regresando a casa, como personajes de Rockwell, después de veinte días felices, muy felices en Atlanta y pensando ya en lo de siempre: mañana. Yo necesitaba un cigarro para ahogar los nervios que se me enroscaban como una enredadera en la garganta; Alberto, en cambio, los abonaba con tranquilidad y burlándose de mi hasta sacarme de quicio. Pero él estaba más cansado que yo y, quizá por eso, reparó en aquel hombre solo, sentado y leyendo un periódico deportivo.
Concho, que es Stoihckov.
Lo dijo suavemente, con gesto de sorna y poniendo boca de pato –Alberto no sabe mentir porque no lo hace nunca y, cuando bromea, siempre frunce los labios y dibuja una o pequeña de ganso.
Date prisa, pídele un autógrafo.
Y sin creerle del todo, musité:
Habrá que, digo yo.
Y busqué en el bolso mi cuaderno de notas aun sin estrenar. Y mientras buscaba recordé aquellos Madrid- Barça, Barça- Madrid de los noventa; la quinta del Buitre y el Dream Team: Butragueño, Stoichkov; Michel, Laudrup; Sanchís, Koeman. Enfrentamientos siempre apasionados, unas veces salvajes y otras épicos, que marcaron los sábados felices de mi adolescencia.
Así que me acerqué con mis huesos blancos de calcio y merengue, haciendo lo que me prometí jamás hacer: pedir un garabato a nadie que no fuese George Harrison, Ringo Starr o Paul McCartney.
Y él era Stoichkov: el sabueso de la banda izquierda que teñía de verde raso los calzones del mismo Chendo. Aquél bravucón de genio bravo que barrenaba con dardos envenenados los micrófonos de la prensa; el enemigo intimo más odiado por la afición blanca; el que aplastó con los tacos de su bota hirviendo el pie de un arbitro del que sólo por eso recuerdo; bota de oro en 1990, balón de oro –también- cuatro años después, en los Mundiales de Estados Unidos y elegido unánimemente mejor jugador búlgaro de todos los tiempos. Y ahora él, sentado sólo con las sienes encanecidas y un periódico deportivo de lengua ilegible; un viajero en el aeropuerto O’ Hare, el más grande de Estados Unidos.
Me acerqué torpemente y le sacudí tres golpecitos en el hombro:
Perdona, ¿Eres Hristo Stoichckov?
Se giró hacia mi un instante, me miró apenas con indiferencia, sin sorpresa, sin gesto y antes de volver al periódico y pasar la página, sólo dijo:
Era
Pero yo estaba con el cuaderno de notas aun sin estrenar y allí de pie. Y no podía hacer ya nada más que lo que fui a hacer y no quería.
¿Me podría firmar un autógrafo?
Si, claro. No hay problema.
Hristo Stoichkov.
Era.
Y después apuramos el último par de hamburguesas.
5 Comments:
http://www.youtube.com/watch?v=P0AZIFmkogY
Bueno, no será George Harrison, Ringo Starr o Paul McCartney, pero con la mala hostia que tenia, si en esa época le pones una guitarra, igual hubieras conseguido un Keith Richards...
pd: gracias por incumplir la promesa.
joe! conociste a alguien famoso, y me tengo que enterar así de esta forma.Así no, así no
Haces que el pedir un autografo se convierta en algo triste y melancolico.
No, chica. Sólo es algo real. Está bien así.
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